sábado, 1 de enero de 2011

En los retratos se han congelado las relaciones de poder, la normativa sobre a quién retratar y para qué. Pienso en los retratos góticos de Pisanello, en el Dogo Loredano de Bellini, en la Eleanora de Toledo de Bronzino. También en los retratos obligados de los trabajadores indígenas de los ingenios de Jujuy, en los retratos ambientados de la National Geografic, en la estática retórica de la publicidad, en la famosa foto de Korda que inmortalizó al Che, en los íconos de Warhol y sus polaroids de autorretratos travestidos, en los retratos impresos en billetes y estampillas, en los retratos incuestionables de las cotidianas paredes instituciones.

Es también en el retrato donde la misce en escène de las miradas (la del fotógrafo, la del fotografiado y la del espectador) cobra su goce perpetuo. Es en la mirada del otro donde me reconozco. Decir algo sobre el quién soy, el quién eres y el quién es, como si la presentación deviniera para siempre. Siempre me estoy re-presentando porque siempre me estarás re-conociendo una y otra vez.

Mis retratos buscan expresar la imposibilidad del decir en el retrato. Acaso lo único que se dice al retratar, sea sobre el fotógrafo, sobre su búsqueda, sobre su actitud ante quien tiene enfrente Y en el caso de poder decir algo del retratado, ¿no se estaría falseando, reduciendo o clasificando sobre algo tan misterioso como lo es una persona?
No hay nada más mudo sobre nosotros que las fotografías que acompañan nuestros documentos personales y pasaportes.
Bueno, se podría decir que la cosa es más simple. Solo se intenta fotografiar la imagen de las personas, su aspecto exterior. Pero en verdad, nuestros discursos siempre son más pretenciosos y menos inocentes. Siempre se intenta decir algo aunque no se pueda.

Maite Osa

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