lunes, 19 de octubre de 2009

Con Corina nos cruzábamos dos veces en el día y creo que a las dos nos gustaban esos encuentros. Yo salía temprano a caminar y a hacer mis "profanaciones", con libros, botella de agua, cámaras y algunos alimentos básicos. De regreso le contaba algo de mi excursión. No charlábamos mucho. Lo justo para no caer en una confianzuda familiaridad. Ella me decía el nombre de alguna planta que inspeccionaba, que su hija había muerto, o que aquel pájaro era el Siete colores. No sabiebdo muy bien el por qué de dicho nombre, ya que para ella solo tenía cinco. Yo le dije que extrañaba a mi padre y le mostré la única piedra que recogí en la subida al cerro.

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